Unos se las comen y otros las matan para usar su caparazón como amuleto de lucha: las tortugas de Mauritania, en el noroeste de África, un animal exótico en este país, están en peligro de extinción y una insólita «reserva de tortugas» ha aparecido para salvar la especie.

Raras veces domesticada por la población pese a su carácter apacible e inofensivo, la tortuga terrestre se encuentra en grave peligro de desaparición en este país desértico con muy pocas zonas húmedas donde la especie pueda sobrevivir.

Reserva «insólita»

Sin embargo, en la capital, Nuakchot, existe una insólita y pequeña reserva de tortugas cuyo objetivo no es, como algunos creen, proveer al mercado de la preciada carne de este reptil. Al contrario, se trata de proteger esta especie, explica Bamba Uld Sueidatt, presidente de la Asociación Dbagana para el Desarrollo y la Protección del Medio Ambiente (ADDPE, en sus siglas en francés), propietario de la pequeña reserva.

«La idea nació hace 10 años, cuando, paseando por la sabana, encontré a dos hombres que cocinaban a una tortuga para el almuerzo y ataban a una segunda para comérsela más tarde», señala Sueidatt.

Recuperando a la especie

La reserva instalada sobre una superficie de 3.000 metros cuadrados, cuenta actualmente con una veintena de hembras reproductoras, que han alumbrado entre 150 y 200 pequeños ejemplares.

Dentro de la pequeña reserva, las tortugas pueden refugiarse durante la hibernación en la intimidad de jaulas especiales construidas con cemento o provistas de rejas, y los animales han cavado largas zanjas que utilizan para desplazarse sin salir de ellas.

Los costos de la alimentación y cuidado de estos animales ascienden a entre 250.000 y 300.000 uguiyas (entre 640 y 800 dólares) cada mes, que asumen por completo la ADDPE con el único apoyo del Fondo para el Desarrollo Mundial de las Naciones Unidas.

Quedar patas arriba

Sueidatt agregó que a la edad de 10 años los ejemplares adultos (unos sesenta al año) son liberados en un entorno natural con hierba, para que las tortugas puedan acomodarse a su nueva situación fácilmente. El mayor riesgo que corren estos animales al entrar en contacto con el hombre es quedar patas arriba, sobre sus caparazones, ya que muy difícilmente consiguen darse la vuelta, y en la mayoría de casos, pierden la vida.

La minigranja recibe a menudo visitas de investigadores y de universitarios deseosos de estudiar las tortugas, así como a niños curiosos por ver a estas criaturas viviendo en grupo con sus crías.

Fuente: EFE, Agencias

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