Comentario del Capitán Paul Watson

Una vez más empieza otro cruel verano y con él vuelve el horrendo espectáculo de maldad al que los feroeses llaman la grindadráp, que traducido significa “el asesinato de ballenas.”

Este año los feroeses no solo cuentan con un guardacostas danés y la armada danesa para defender a estos brutales y despiadados asesinos sino también con los servicios de la Guardia Costera feroesa para encontrar a las manadas de calderones.

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Es la locura de nuestros tiempos. Se están empleando recursos militares para ayudar a matar calderones inocentes y conseguir su carne, que no es comestible debido a los elevados niveles de mercurio en los cuerpos. Matan para alimentar con veneno a sus hijos. Desde luego parece que estos matones sufren una degeneración cerebral, del tipo causada cuando el mercurio se come literalmente el tejido cerebral.

Es increíble que en 2015, con la disminución de la biodiversidad y la desaparición de especie tras especie haya gente todavía tan alejada de la realidad como para seguir contribuyendo a la muerte del Océano. Los humanos estamos matando literalmente el océano agotando la vida en él. Muchos feroeses sobrepescan, masacran frailecillos y otras aves marinas y asesinan a delfines y ballenas. Es la clase de gente que las futuras generaciones, en un mundo despojado de tantas especies, recordará con absoluta aversión.

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Los feroeses tienen uno de los niveles de vida más altos del mundo y la renta per cápita más alta de Europa. Sus supermercados están provistos de todo lo que se puede comprar en Copenhague, Londres o París. Conducen coches, tienen ordenador personal y los lujos de la sociedad industrializada moderna, sin embargo muchos reclaman que necesitan matar calderones por su carne.

Lo cierto es que a algunos simplemente les gusta matar. Disfrutan con ello. Necesitan ver la sangre derramándose en el agua. Necesitan oler y revolcarse en la sangre y las heces de los animales moribundos. Necesitan escuchar sus lastimosos gritos porque son las necesidades de los psicópatas sádicos. Tanto aquellos que cometen este despreciable acto como los políticos que lo apoyan son la prueba de que hay un hedor podrido de muerte asociado a estas islas que será recordado con rabia cuando no queden más ballenas ni delfines.

Fuente: Sea Shepherd, Agencias

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