El lamento de Sylvia Earle ha hecho historia. La oceanógrafa más venerada del planeta ha lanzado estos días desde Washington su S.O.S. desesperado por el Golfo de México, que se hunde ante nuestros ojos: «El Golfo no es ni una cloaca de la industria petroquímica, ni un maná inagotable para la pesca. Es el Mediterráneo americano, un laboratorio de vida». ‘En el nombre de la energía barata, estamos acabando con los mares y con el planeta Tierra’

Sylvia Earle invitó a los políticos norteamericanos, los mismos que reciben donaciones sustanciosas de las compañías petroleras, a viajar con ella a las profundidades marinas del Golfo, desde el ‘santuario’ de Flower Garden en aguas de Texas a la barrera coralina de los cayos de Florida. Earle aprovechó la sorpresa –o la ignorancia- para recordarles a los políticos: «El mal que causamos a los océanos es el mal que nos causamos a nosotros mismos…»

Desastre invisible

La mancha de petróleo provocada por la explosión de la plataforma Deepwater Horizon ocupa ya, según las últimas estimaciones de la Universidad de Miami, una superficie de 24.435 kilómetros cuadrados (3 veces más grande que el Estado Aragua). La cantidad de crudo derramada por el pozo accidentado de la compañía BP se calcula entre los 70 y 110 millones de litros, de dos a tres veces más que la catástrofe del Exxon Valdez.

El desastre ‘invisible’ ha salido por fin a flote, aunque los científicos advierten que el daño más irreparable es acaso el que no se ve y alertan sobre la creación de una inmensa ‘zona muerta’. Al menos dos largas manchas submarinas han sido detectadas en las últimas semanas, y los expertos –incluida la propia Sylvia Earle- previenen contra las consecuencias del ‘cóctel tóxico’ creado por el uso abusivo de los dispersantes.

Se calcula que más de dos millones de litros del controvertido Corexit 9500 –el mismo que causó graves problemas de salud en la operación ‘limpieza’ del Exxon Valdez- han sido derramados en la superficie para ‘romper’ el petróleo. Otros 200.000 fueron aplicados sobre la base misma de la fuga, a 1.500 metros de profundidad, ante la impotencia de la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA).

En la sombra de BP

La catástrofe se agrava cada vez más, y las últimas fotos de pájaros cubiertos de petróleo en la isla de Grand Terre (Luisiana) son acaso una imagen premonitoria de lo que nos espera en los próximos meses. Por el delta del Misisipí, el mayor ecosistema marino de Estados Unidos, pasan hasta 500 millones de aves cada primavera. Más de 400 especies –del pelícano pardo a la garza roja- están en grave peligro. «No hace mucho tiempo pensábamos que el Golfo, como el océano, era tan vasto e inmenso que nade podía hacerle daño», recalca Sylvia Earle. «Pero la pesca destructiva lo ha vaciado de gambas, cangrejos, tortugas, meros, atunes y tiburones (…) Irónicamente, los combustibles fósiles salvaron en su día a las ballenas y a las nutrias, pero estamos viendo ahora su auténtico coste.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.