Estados Unidos se enfrentó en 2010 al mayor desastre ecológico de su historia con el vertido de BP, que golpeó sus costas y puso al Gobierno entre la espada y la pared con un debate sobre la industria petrolera que aún está lejos de cerrarse.

En los tres meses que transcurrieron desde que la plataforma “Deepwater Horizon” explotó y se hundió el 20 de abril hasta que un gigantesco tapón de cemento detuvo el flujo de crudo a mediados de julio, el vertido de BP en el Golfo de México fue tema de portada en periódicos de todo el mundo.

Las once muertes que provocó el accidente y los casi 5 millones de barriles de petróleo derramados al océano se reproducían a diario en rotundos titulares, que no tardaron en predecir que el desastre se convertiría en el “Katrina” de Obama.

Impacto al ecosistema

Entre los interrogantes sin respuesta, el primero y el más evidente, era el del impacto en el medio ambiente; un tema que el Gobierno trataría de cerrar semanas después de taponar el pozo con un informe científico que aseguraba que el 74 por ciento del petróleo se había recogido, quemado, evaporado o descompuesto por procesos naturales.

La cifra, que dejaba apenas un 26 por ciento del crudo flotando en el océano en pequeñas partículas, no tardó en ser cuestionada por científicos y expertos de todo el país, que también criticaron la agresividad que supuso para el ecosistema el uso masivo de dispersantes químicos para neutralizar el crudo.

Esas sustancias sólo habrían sido necesarias ante el riesgo de contaminación masiva del litoral, y sin embargo fueron utilizadas “como plan de urgencia, sin necesidad alguna”, según explicó Thomas Azwell, un profesor de la Universidad de Berkeley que dirige un grupo de estudio independiente sobre el desastre.

El crudo llegó para quedarse

La huella del vertido sobre el ecosistema, que otros han cifrado incluso en un siglo, durará, según Azwell, “al menos dos generaciones”, es decir, cincuenta años, y el crudo permanecerá adherido al fondo marino alrededor de una década.

Ese impacto ecológico, junto a las consecuencias económicas que tuvo la moratoria a las perforaciones y al cierre de un tercio de las aguas del Golfo a la pesca comercial, ha enfrentado a BP a una gigantesca tarea de compensación de la que no consigue ver el fin.

Dinero para “disimular” responsabilidades

Después de pagar casi 400 millones de dólares en los primeros meses, la petrolera británica cedió la tarea a un fondo independiente supervisado por terceros, al que surtió de 20.000 millones de los que, por el momento, los afectados han recibido más de 2.400.

A esa cifra se sumará la multa que el Gobierno de Estados Unidos ha prometido imponer a la multinacional desde enero de 2011, cuando obtendrá el informe final de la comisión que investiga las causas del accidente.

“Creo que el impacto medioambiental de este desastre será probablemente muy muy modesto. Es imposible de saber y solicitaremos, una vez que haya finalizado, una evaluación de los efectos medioambientales muy pormenorizado. Haremos esto con algunos de los organismos científicos estadounidenses”.

“Sin embargo todo lo que podemos observar en estos momentos sugiere que el impacto medioambiental total será muy muy modesto”.

Declaraciones concedidas a Sky News por Tony Hayward, quien fue presidente de British Petroleum en plena crisis.

Las conclusiones de ese grupo de expertos, que en sus audiencias preliminares tacharon a BP de “autocomplaciente” y “enormemente inepta”, prometen marcar un antes y un después en las regulaciones que se aplican a la industria petrolera, ya endurecidas por el Congreso durante el 2010 a raíz de la catástrofe.

Fuente: EFE, Agencias

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