Conciencia. Esa que pocos tenemos y muchos creen tener. Esa que muchos buscan y pocos encuentran. Esa que a pocos nos importa y a muchos no. Famosa y destacada conciencia. Sequia, crisis energética, desastres naturales, guerras, hambre, animales sufriendo y el planeta muriendo. ¿Y debido a qué? A ese tesoro llamado conciencia. Esa que le falta a la mayoría. Una mayoría que constantemente se queja y reclama por todos esos problemas pero que nadie se ocupa por solucionar. ¿Qué estamos haciendo? Sí, estamos acabando con todo. A un paso realmente alarmante e irreversible. Y a un precio incalculable. Egoísta. Eso es que lo que es el ser humano. No le importa pasar por encima de nada ni nadie, con tal de lograr sus propios intereses.

Es el único animal racional, pero también el único con una existencia completamente irracional. Tiene la capacidad de destruir todo cuanto cree controlar, y controla todo de lo que cree que puede sacar algún beneficio. Somos una plaga. La peor de la historia. Nos adueñamos del planeta y de todo lo que en el habita con nosotros, creyendo con plena convicción que nos pertenece. Y no conformes con nada, aun tenemos ansias de más. A pesar de ser los causantes de los peores males del presente. Es un daño que no tiene reversa. Forjamos nuestro propio futuro, el cual lamentablemente no es muy prometedor. Y hasta ahora, que solo podríamos detener este proceso (siendo optimistas) y amoldarnos a las nuevas condiciones, el humano no tiene interés en hacerlo.

Si bien no podemos revertir las consecuencias, está en nuestras manos controlarlas y evitar que continúe el deterioro. Pero no. No nos da la gana. Somos orgullosos y preferimos negarnos. Pensar que todo es mentira y ser completamente ignorantes ante lo que se avecina. Lo único que nos puede salvar y lograr un cambio: conciencia. Si, esa que muchos nombran y pocos conocen. Esa que a nadie le importa y que todos prefieren ignorar para vivir en una burbuja infame de ensueño. Donde todo lo que pasa es culpa de gobiernos, de dinero, de lo que sea pero nunca de nosotros mismos.

Dejamos la responsabilidad en manos de unos pocos en vez de entender y asumir que es un problema de todos. Y lo peor: con fe de que otros lo solucionen por nosotros. Cuando se quiten las gríngolas y puedan ver a los lados todo el desastre en el que estamos metidos, lamentablemente será tarde y remedio no habrá. En ese punto recordaremos cuando pudimos haber cambiado y no lo hicimos. Y sufriremos por arrastrar con nuestra perdición a generaciones inocentes, plantas, animales y al planeta entero.

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