El Acuerdo de Paris entró en efecto el 4 de Noviembre 2016. Su objetivo principal es evitar que la temperatura superficial promedio del planeta aumente más de 2°C para finales de siglo con respecto al promedio de la época preindustrial. Esto implica evitar que la concentración de CO2 en la atmósfera supere las 450 partes por millón (ppm). Sin embargo, el acuerdo no define ni la estrategia ni la ruta para asegurar el logro de tales objetivos. 

Para finales del 2015 el aumento en la temperatura superficial promedio era de 1°C y la concentración de CO2 se encontraba en 400 ppm. Simultáneamente se registra un desbalance energético planetario de 326 Terajoules por segundo, equivalente a la energía contenida en 447.000 bombas atómicas como la que arrasó a Hiroshima en 1945, detonadas cada día, 365 días al año. Esto implica un aumento adicional e inevitable de temperatura de al menos 0.5°C para mediados de siglo aunque se suspendieran de inmediato todas las emisiones de gases de efecto invernadero.

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Las tendencias actuales conducen hacia un aumento en la temperatura superficial promedio entre 3,7 y 4,8°C para finales de siglo en relación con la época pre-industrial (IPCC 2014). Estas tendencias representan una emergencia planetaria sin precedentes en la historia de la humanidad. Un aumento de 4°C no se ha registrado desde mediados del Mioceno, hace 10 millones de años. Las tendencias actuales conducen a la transformación del mundo que le dejamos a nuestros descendientes más inmediatos en un planeta hostil y desconocido por la especie humana.


El Acuerdo de París es un collage de contribuciones voluntarias, determinadas por cada país a su libre albedrío, sin coordinación entre las partes, sin carácter vinculante, sin condiciones o penalidades en caso de incumplimiento. En el caso poco probable de que todas estas expresiones voluntarias de colaboración se cumpliesen a cabalidad, la humanidad quedaría encauzada en una ruta tendiente a un aumento de temperatura promedio entre 3°C y 3,5°C.

Para lograr el objetivo de los 2°C  es necesario que las emisiones acumuladas de CO2 durante el período 2015-2100 no supere las 855 giga-toneladas, lo que implica dejar al menos dos tercios de las reservas probadas de hidrocarburos bajo tierra, un reto sin precedentes para países con grandes reservas de petróleo y gas como Venezuela.


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El límite de los 2°C no es garantía de seguridad para la humanidad. Provocaría un aumento en el nivel del mar de varios metros junto a numerosas otras consecuencias disruptivas para los ecosistemas y la sociedad humana. La última vez que se registró un aumento similar de temperatura, en el período interglaciar Emiense, el nivel del mar oscilaba entre 5 y 9 metros sobre el nivel actual.

Según la Academia Nacional de la Ciencia de EUA: “La estabilización de la concentración de CO2 entre 400 y 450 ppm, frecuentemente asociada a un aumento ‘aceptable’ de temperatura de 2°C, tiene una alta probabilidad  provocar aumentos en el nivel del mar de más de 9 metros sobre el actual” (PNAS vol. 110 no. 4 2012)

El eluso objetivo de los 2°C requiere mejoras sustanciales a los compromisos asumidos en Paris, particularmente por parte de aquellos países que han contribuido mas a la gestación de la amenaza climática que enfrenta hoy la humanidad entera. Los países industrializados, con sólo el 18% de la población mundial, han generado el 72% de las emisiones de CO2 acumuladas desde el año 1850 hasta el 2014. Sin embargo, en el Acuerdo de París consiguieron evadir sus desproporcionadas responsabilidades históricas.


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Las emisiones provenientes del consumo de combustibles fósiles deben reducirse al menos en un 70% para el 2050. Esto implica un creciente impuesto a las emisiones de carbono, aplicable de inmediato y con alcance global. La urgencia de reducir las emisiones también implica una amplia cooperación técnica en la implementación de tecnologías energéticas limpias.

Países petroleros como Venezuela deben analizar con detenimiento las delicadas implicaciones de la entrada en efecto del Acuerdo de París, cuyo objetivo implícito es la superación, en sólo décadas, de la dependencia del desarrollo económico mundial del consumo de petróleo y otros combustibles fósiles. Tanto el Fondo Monetario Internacional como el Banco Mundial sostienen que la ruta a la descarbonización de la economía mundial depende de la asignación de un precio a las emisiones de carbono y otros gases de efecto invernadero. 


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En Julio 2015 se concluyó una evaluación del costo social de las emisiones de carbono en Estados Unidos, realizada por la Orden Ejecutiva 12866 a través del esfuerzo conjunto de 11 dependencias gubernamentales de los Estados Unidos. Para el 2015 el costo social promedio de las emisiones de carbono ascendía a USA$ 46 por tonelada métrica de CO2.

Según la Agencia Internacional de Energía (IEA) los subsidios actuales al consumo de combustibles fósiles son equivalentes a un incentivo promedio de US$ 115 por tonelada de CO2. Según la IEA, se requiere una inversión de 38 billones de dólares (millones de millones) entre el 2015 y el 2030 sólo para sentar las bases en el sector energético conducentes a un aumento de temperatura inferior a los 2°C para finales de siglo, correspondiente a un promedio de US$ 2.5 billones anuales.


Fuente:
JULIO CESAR CENTENO
UNIVERSIDAD DE LOS ANDES
JC-centeno@outlook.com

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